Los preparativos de la fiesta de Los Dolores en el pasado: cuando ir a por agua al río era una odisea.

Cuando se acerca el tercer fin de semana de septiembre y San Martín de Luiña se viste de gala para celebrar las Fiestas de Nuestra Señora de Los Dolores, la atmósfera del pueblo se llena de música, reencuentros y alegría. Sin embargo, para entender la verdadera magnitud de estos festejos, basta con mirar atrás a través de la memoria oral de nuestros mayores. Echando la vista a los años en que las comodidades modernas brillaban por su ausencia, los preparativos de la víspera exigían un esfuerzo titánico que hoy nos parece casi de otra galaxia, especialmente cuando el bien más cotizado del mundo rural no era otro que el agua[cite: 2].

A por agua al río: la odisea de la víspera con la burra y las parigüelas

En aquellos tiempos en los que el agua corriente en las casas era un lujo inalcanzable, la llegada de la verbena ponía a prueba la logística de las familias. Entre las anécdotas más entrañables que rescata nuestra memoria colectiva destaca la de los preparativos en las casas de la parroquia ante la inminente llegada de familiares y forasteros[cite: 2]. La tarde del sábado, víspera de la gran fiesta, la tarea era ineludible: había que aprovisionar líquido suficiente para cocinar, limpiar y atender a las visitas durante los días grandes[cite: 2].

Las crónicas familiares recuerdan cómo se preparaba con mimo a la burra de casa, colocándole todos los aparejos: la cabezada, la albarda, la cincha y las tradicionales parigüelas de madera[cite: 2]. Atados firmemente a ambos lados, sendos bidones de leche servían como improvisados depósitos para soportar el empinado camino cuesta abajo hacia el río[cite: 2]. En una ocasión, distraídas entre risas y charlas sobre las orquestas que sonarían esa noche, unas vecinas olvidaron por completo prestar atención al animal, llevándose un buen susto al descubrir que las parigüelas se habían descolocado hasta rozar las orejas de la burra[cite: 2]. Tras enderezar el cargamento, la comitiva llegaba al cauce, llenaba los bidones y emprendía la empinada subida de regreso sin novedad[cite: 2].

«Íbamos tan entretenidas y contentas hablando de las fiestas que nos olvidamos de la burra… Hoy, con agua corriente en cada hogar, aquellas peripecias forman parte imborrable de nuestra historia más cercana»[cite: 2].

Testimonio costumbrista sobre los preparativos tradicionales en San Martín[cite: 2].

Un esfuerzo colectivo que mantiene viva la tradición

Aquel trasiego constante de viajes a la fuente o al río durante la víspera demostraba el compromiso inquebrantable de los vecinos por acoger la fiesta como se merecía[cite: 2]. Aunque hoy abrir el grifo sea un gesto automatizado que evita aquellas fatigas, recordar aquellas anécdotas nos ayuda a valorar la evolución de nuestro medio rural[cite: 2]. Al final, el espíritu de Los Dolores sigue siendo exactamente el mismo: juntarse con los seres queridos, compartir un buen momento y comprobar que, a pesar del paso de los años, el corazón de San Martín de Luiña sigue latiendo con la misma fuerza que en los tiempos de las burras y los bidones[cite: 2].

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