Confidencias de una riñonera de mayordomo: el humor y sacrificio detrás de Los Dolores

Detrás del estruendo de los voladores, las notas de las orquestas y la devoción en la procesión de Nuestra Señora de Los Dolores, existe un engranaje incansable que trabaja en la sombra durante todo el año: la Comisión de Festejos y sus mayordomos. Sin embargo, pocos cronistas han tenido una perspectiva tan privilegiada y sufrida de esta labor como «Eurita», la célebre riñonera de tela que acompañó a uno de los organizadores durante toda la campaña estival para conseguir financiar las fiestas patronales.

De un contenedor en el puerto a las fiestas de Arcallana

Fabricada en Oriente y desembarcada en el puerto de Cudillero, el destino de Eurita cambió el día en que un vecino de San Martín de Luiña la descolgó del perchero de una tienda de Piedras Blancas para alistarla en la causa festiva. Nada más llegar a la parroquia, sus compartimentos quedaron abarrotados de talonarios de papeletas, bolígrafos gastados y monedas sueltas. El bautismo de fuego arrancó en pleno verano durante las fiestas del Carmen en Arcallana, marcando el inicio de una gira maratoniana donde el sonido de abrir y cerrar cremalleras se convirtió en la banda sonora habitual.

Ajustada a la cintura de su portador —que con el paso de los meses y las sucesivas comidas de recaudación fue obligando a estirar el cinturón dos puntos más—, la riñonera fue testigo directa de la generosidad de los vecinos. Desde las paradas técnicas en Casa Cendán de Lamuño y El Chisco en San Cosme, hasta las tertulias en El Mesón Eduardo, El Rosal o el bar de los jubilados, la comitiva recorrió cada rincón del concejo rascando apoyos para cerrar el presupuesto de las verbenas.

Cremalleras rotas y el mérito del trabajo vecinal

La traca final de septiembre puso a prueba las costuras de la sufrida protagonista. Entre la lluvia amortiguada por el abrigo de su dueño, el trasiego del reparto del bollo preñao y el cobro de rifas hasta la madrugada del martes, el desgaste material fue inevitable. Con dos cremalleras vencidas por el peso del calderilla y las costuras al límite, esta crónica en clave de humor rinde tributo a todos aquellos vecinos que, con la riñonera bien ceñida y quitándole horas a su descanso, hacen posible que San Martín de Luiña continúe celebrando con orgullo sus días grandes.

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