Las capillas históricas de San Martín de Luiña en el siglo XIX y la leyenda del Santu de las Natas.
El patrimonio religioso de San Martín de Luiña atesora capítulos fascinantes que nos transportan a siglos pasados. Una de las fuentes documentales más valiosas para conocer cómo era el mapa espiritual de nuestra parroquia se remonta al año 1804. Fue entonces cuando el párroco de la época, don José Carlos de Bances y Valdés, redactó una detallada descripción de todas las capillas que jalonaban el territorio, revelando no solo su arquitectura y riquezas, sino también las devociones y anécdotas de los vecinos de antaño[cite: 1].
El esplendor de la Capilla de Nuestra Señora de la China en Lamuño
Entre los templos citados por el párroco, uno de los que acaparaba mayor admiración por su suntuosidad era la Capilla de Nuestra Señores de la China, situada en Lamuño[cite: 1]. Fundada en el primer tercio del siglo XVIII por don Domingo Fernández de la Cantera —quien hizo fortuna en Indias y regresó a su parroquia natal—, esta edificación destacaba por albergar una joya artística excepcional[cite: 1]. La imagen titular, traída precisamente desde Extremo Oriente, estaba esculpida en primoroso alabastro, con la cabeza y las manos delicadamente trabajadas en marfil[cite: 1]. La pieza se custodiaba en un trono de plata labrada a buril e incluía detalles de incalculable valor, como una corona imperial engastada de piedras preciosas y un rosario de oro macizo que le daba nombre a su advocación[cite: 1].
«Una obra de arte de Indias que contaba con ornamentos de plata labrada, incensarios y una riqueza ornamental desacostumbrada para el ámbito rural asturiano»[cite: 1].
Descripción de los inventarios eclesiásticos del siglo XIX sobre el tesoro de Lamuño[cite: 1].
Otras joyas devocionales: de San Juan de Beiciella a las ermitas de los barrios
El informe de 1804 enumeraba un rico mosaico de ermitas vinculadas a las grandes casas solariegas y familias de la zona. Entre ellas destacaba la Capilla de San Juan Bautista en Beiciella, dotada de una primorosa arquitectura de crucería y un retablo dorado costeado por la familia Diez del Riego[cite: 1]. A lo largo de la geografía de la parroquia aparecían jalonadas la ermita de Nuestra Señora del Consuelo (también en Lamuño), la de San Ildefonso en Artedo, la de San Pedro en Castañedo, la de San Antonio en Castrillón, la de Nuestra Señora del Carmen en el Llubillín, o las dedicadas a Santa Catalina y la Virgen del Rosario en San Cosme[cite: 1]. Cada una de estas construcciones vertebraba la vida social y religiosa de los diferentes barrios de la parroquia[cite: 1].
La curiosa historia de San Marcos y «el Santu de las Natas»
El paso de los siglos trajo consigo profundas transformaciones en el paisaje. Algunas de estas capillas acabaron desapareciendo debido a obras públicas, como ocurrió con la ermita de San Marcos en San Cosme, emplazada originalmente en el paraje conocido como el «Pico San Marcos» —hoy convertido en la plaza donde se celebran los festejos— y que fue derruida a comienzos del siglo XX por la construcción de la carretera[cite: 1].
De aquel viejo templo quedó grabada en la memoria colectiva una divertida y singular anécdota protagonizada por las mozas del pueblo a finales del siglo XIX[cite: 1]. Cuentan las crónicas locales que, tras desatarse una inoportuna tromba de agua que arruinó la jornada festiva del santo, un grupo de vecinas —entre las que se encontraba la abuela del cronista— decidió tomarse la revancha con celestial ironía[cite: 1]. Como represalia por la lluvia, cogieron tarros de natas (el postre típico de la zona) y embadurnaron por completo al santo[cite: 1]. Desde entonces, la tradición oral bautizó popularmente a aquella imagen y a su entorno con un sobrenombre que aún hoy arranca una sonrisa: «El Santu de las Natas»[cite: 1]. Un testimonio entrañable de cómo la devoción popular y el carácter festivo de los ganchos y vecinos han sabido entrelazarse en la historia viva de San Martín de Luiña[cite: 1].