La llegada del teléfono a San Martín de Luiña
La llegada del teléfono a los entornos rurales de Asturias no fue solo un avance tecnológico; supuso la ruptura del aislamiento de los valles y un cambio radical en la forma de entender el mundo. En San Martín de Luiña, el primer teléfono público se instaló en el emblemático establecimiento de Amancio y Piedad López, lo que hoy todos conocemos como el Bar Azul. Este robusto edificio, erigido en el año 1900 gracias en gran medida al capital que Salustiano López —padre de Piedad— logró amasar tras emigrar a Cuba, no solo funcionaba como tienda de tejidos y alimentación, sino que se erigió como el centro neurálgico de las comunicaciones de la parroquia durante décadas.
El viejo teléfono de magneto y las esperas interminables
Aquel primer aparato era un clásico teléfono de magneto, una joya de la ingeniería de principios del siglo XX. Para realizar una llamada, el usuario debía girar enérgicamente una manivela adherida al lateral del dispositivo. Este gesto mecánico generaba la corriente eléctrica necesaria para encender una luz o hacer caer una ficha en la centralita más cercana, que en el caso de nuestro valle, conectaba directamente con San Esteban de Pravia. En aquella España de posguerra y desarrollo incipiente, la inmediatez no existía y la paciencia era una virtud obligatoria para los vecinos.
«¡San Esteban, San Esteban…! ¿me escuchas, San Esteban…? Quería conferencia… Me das importe al final de la llamada».
Era la petición habitual de Piedad a la operadora, enfrentándose a menudo a demoras de hasta tres cuartos de hora debido a la saturación de las escasas líneas de la época.
El esfuerzo vecinal: el salto a las líneas particulares (1963-1966)
La dependencia de este único y saturado teléfono público se mantuvo inalterable hasta principios de la década de los sesenta. Fue hacia 1963 cuando un grupo de profesionales e industriales con visión de futuro decidieron que San Martín de Luiña debía modernizarse. Figuras locales clave, como el maestro Antonio Busto, el practicante Jesús Rico o el fundador de la quesería La Fontona, José Álvarez, lideraron las gestiones para traer las líneas privadas al valle.
El proceso topó con la rígida burocracia de la Compañía Telefónica, que exigía como requisito previo saturar de abonados la centralita manual ubicada en la vecina localidad de Soto de Luiña, operada con destreza por Luisa Álvarez Álvarez, a quien todos conocían cariñosamente como «Sisa». La determinación de los promotores fue tal que llegaron a proponer instalar el teléfono de forma gratuita a algunos vecinos indecisos de Soto, asumiendo ellos mismos el coste para poder alcanzar el cupo exigido por la compañía.
Ese espíritu de colaboración comunitaria —tan característico del occidente asturiano— dio finalmente sus frutos. Hacia el año 1966, el repique de las campanas telefónicas empezó a sonar en el interior de los comercios y casas particulares de San Martín. Aquel avance conectó definitivamente al valle con el resto del país, dejando atrás para siempre las largas esperas en el Bar Azul y convirtiendo el viejo teléfono de magneto en una pieza de la memoria viva de nuestra parroquia.