La mili de Urbano de Casa Virgilio: de San Cosme al Peñón de Alhucemas (1960)
El servicio militar obligatorio marcó a fuego a varias generaciones de jóvenes que debieron abandonar temporalmente el cobijo de sus aldeas para enfrentarse a realidades lejanas e inhóspitas. En San Cosme, la memoria viva de aquellos diecisiete meses de disciplina naval tiene nombre propio: Urbano Pardo Martínez, conocido junto a su hermano Alfredo como los de Casa Virgilio. Nacido el 5 de enero de 1938, a Urbano le correspondió tallarse en febrero de 1960 ante don César y el practicante Jesús en Cudillero, iniciando un periplo castrense que lo llevaría desde las campas asturianas hasta el norte de África.
Una odisea ferroviaria sobre pacas de paja
La partida se fijó el 19 de marzo, festividad de San José. Tras llegar en moto a Pravia con su hermano, Urbano recibió el petate blanco reglamentario de la Marina y embarcó en un convoy atestado de reclutas del occidente asturiano. Aquel viaje hasta Algeciras se prolongó durante dos extenuantes jornadas completas con sus noches, alternando turnos para estirar las piernas en el suelo de los vagones, cenando en León y cruzando Madrid en camiones militares desde la Estación del Norte hasta Atocha. Al llegar al puerto andaluz, el temporal de levante impidió la navegación, obligando al contingente a dormir durante dos noches sobre pacas de paja deshechas en un almacén de corcho antes de poder zarpar rumbo a Melilla.
La llegada a la Compañía de Mar comenzó con una ducha helada, corte de pelo y el hábito de convivir descalzos la mayor parte de la jornada, reservando las alpargatas para la instrucción y las botas para guardias y paseos. La explanada de Rostrogordo, por aquel entonces sin separación física con territorio marroquí, fue el escenario de una severa preparación a base de desfiles a 170 pasos por minuto bajo la atenta mirada del general Ramón Gotarredonda Prat, apodado «El Gota».
El destacamento del Peñón de Alhucemas
Completada la instrucción en agosto, Urbano fue destinado al peñón de la isla de Alhucemas para integrarse en una reducida guarnición de doce soldados, dos cabos y un sargento. En aquel enclave desprovisto de población civil, la supervivencia dependía de la coordinación náutica: semanalmente, salían en un lanchón de seis remos a interceptar en mar abierto el barco que cubría la travesía entre Melilla y Ceuta para izar los suministros de agua, patatas y pescado fresco.
Entre los recuerdos de aquel enclave insular figuran anécdotas singulares, como la densa niebla que una tarde dejó su lancha a la deriva hasta encallar en una playa marroquí, debiendo negociar el rescate de la embarcación al día siguiente. Sin disfrutar de permisos familiares por la tensión política de la época en el Sahara, Urbano completó sus 17 meses de servicio antes de regresar a San Cosme con la satisfacción del deber cumplido, trayendo consigo la primera máquina de afeitar eléctrica que conoció su casa y un bagaje de recuerdos que hoy enriquecen el patrimonio oral de nuestro concejo.