Charo, la cocinera del colegio de Soto de Luiña: 31 años alimentando a generaciones.
Hay personas que, sin alzar la voz y desde la trastienda de la rutina diaria, se convierten en pilares invisibles de la memoria colectiva de todo un pueblo. En las comarcas del occidente asturiano, nombrar a Charo es evocar de inmediato el calor de un hogar, los aromas de una cocina tradicional y el cuidado entrañable de varias generaciones. Durante más de tres décadas —primero en el colegio Asturamérica y, desde 1980, en el gran colegio de concentración de Soto de Luiña—, Charo fue mucho más que la jefa de cocina: fue, en cierto modo, la madre de todos los niños que estudiaron EGB desde Ballota hasta El Rellayo[cite: 1].
De alimentar a noventa alumnos a cocinar para trescientos en pleno baby boom
La trayectoria de Charo comenzó en Gijón, cuidando niños en la Gota de Leche, antes de dar el salto a los fogones escolares en 1969 junto a Indalecia[cite: 1]. En aquella primera etapa en el Pozo de Cudillero, preparaban diariamente menús para unos noventa alumnos[cite: 1]. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó en 1980 con la apertura del nuevo colegio público de Soto de Luiña, un centro concebido para concentrar al alumnado de medio concejo[cite: 1]. De la noche a la mañana, el volumen de trabajo se disparó hasta alcanzar casi los trescientos comensales diarios en plena época del baby boom[cite: 1].
Aquel trasiego diario exigía una maquinaria perfecta. Los autobuses escolares llegaban repletos de niños procedentes de todos los rincones: la ruta de San Martín transportaba a cincuenta y cinco pasajeros sin un solo asiento libre[cite: 1]. En la cocina, organizada con disciplina y cariño, los propios alumnos colaboraban durante los recreos poniendo las mesas, sirviendo los platos o fregando los cacharros por turnos en comedores que, en sus primeros años, se organizaban en doble turno hasta su definitiva ampliación[cite: 1].
Manzanilla caliente frente al invierno y macarrones inolvidables
«Los macarrones de Charo, los huevos a la mimosa, las lentejas y la menestra marcaron el paladar de toda una generación que hoy recuerda aquellos comedores con profunda nostalgia»[cite: 1].
Testimonio coral de antiguos alumnos del colegio de Soto de Luiña[cite: 1].
Una gran familia que dejó huella hasta su jubilación en 2001
La dedicación de Charo iba mucho más allá de cocinar. Si un niño se negaba a probar bocado o lloraba extrañando su casa, ella acudía a interesarse por sus motivos e indagaba qué le preparaban en el hogar para replicarlo y conseguir que se alimentara[cite: 1]. Esa complicidad transformó el colegio en una verdadera comunidad donde profesores, personal de limpieza y cocineras funcionaban como una piña[cite: 1].
Tras jubilarse en el año 2001[cite: 1], tras 31 años alimentando a padres e hijos de la comarca, Charo sigue conservando intacta esa vitalidad y una sonrisa que mantiene viva la memoria de la EGB dorada[cite: 1]. Homenajearla en nuestras páginas es reconocer el valor de las manos que cuidaron de nuestro valle cuando éramos pequeños[cite: 1].